San Patricio afirmó que Irlanda siempre perduraría en la fe

Prevención del suicido: Un teléfono de la esperanza para los sacerdotes irlandeses

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Teléfono de la esperanza: El enemigo de la Iglesia se encuentra en su seno. Cada vez se nota más su labor destructiva, sin que la reacción por parte de los seguidores de Cristo sean lo necesariamente contundente.

La Iglesia  Católica está pasando una gran crisistanto entre el clero, como entre los seglares. Por tanto, en lo más profundo de sus cimientos. Nos movemos entre la fidelidad al evangelio  y la presión política y mediática de la cultura postmoderna;  entre la doctrina tradicional católica y la penetración en el tejido social de la propia Iglesia de unos valores absolutamente contrarios a lo que nos demanda nuestra fe.((Este post fue escrito en 2017, hoy, a 6 de enero de 2023, mi pertenencia a la Iglesia Católica se encuentra en crisis. No “comulgo” con el camino emprendido por el Papa Francisco y sus ambigüedades.))
Cada vez nos alberga más el sentimiento de “bicho raro”, de marginalidad en una sociedad en donde se ha impuesto un individualismo radical, un sentimiento de que todo es igualmente válido siempre que el individuo lo desee. La única referencia es el individuo sin compromisos, atrapado en un narcisismo megalomaniaco, endiosado y convencido de su verdad como único referente de actuación moral hacia sí y hacia los demás.

Los valores éticos tradicionales se están diluyendo a la misma velocidad que un azucarillo en un vaso de agua. ¡Viva el libertarismo ético!; todo es válido si lo es para el individuo. Hay tantas verdades como individuos. La Verdad trascendente ha muerto, dando paso a la post-verdad. Todo lo que antes se presentaba como un pensamiento sólido y permanente, ahora  es liquido, moldeable, según el día y la circunstancias.  

Antes teníamos apóstoles, auténticos guías espirituales, coherentes con el mensaje de Cristo. Hoy siguen existiendo, pero son escasos . Esta crisis existencial que mina a todos los cristianos, también ha calado entre los sacerdotes. Y hay razones de peso que la justifica. Sin caer en análisis facilones, es cierto que los medios de comunicación raro es el día que no nos informan de rencillas, de luchas por el poder, de comportamientos  muy apartados del evangelio en donde hay víctimas infantiles, orgías sexuales y una amplia variedad de pecados que la iglesia oficial se empeña en condenar farisaicamente (porque muchos de los que condenan, son protagonistas de los mismos) o, lo más habitual, que en nombre de la prudencia se oculten intencionadamente. El cristiano se siente traicionado y manipulado por una serie de “apóstoles”  que dícense de Cristo y lo son del mundo y sus idolatrías. La situación de muchos personajes de la jerarquía, contemporizando día y noche con el César,  me evocan la situación de la iglesia  en la que vivieron San Francisco de Asís y santa Catalina de Siena. Pero parece que ahora nos falta  el Francisco de Asís y la Catalina de Siena , aunque algunos aún conservamos la fe en Jesús, lo único que nos mantiene en la esperanza.

Un teléfono de ayuda a los sacerdotes para evitar el suicidio. ¡Sí!, así como suena. Porque la crisis de fe y la desesperanza no es de igual intensidad ni todos los sitios ni en todos los sacerdotes. Precisamente, esta medida se establece en el país, históricamente, más católico del mundo, Irlanda y hoy en vertiginosa descristianización  como consecuencia de los abusos a menores . Escandalosa por doble razón: por el número de casos y por la amplificación mediática claramente interesada que realizaron los enemigos de la iglesia. 

Iglesias vacías, curas sospechosos, abandonados por su feligreses y aislados entre ellos. Han perdido capacidad de reacción con la que puedan hacer frente a las mentiras y predicar con convencimiento y credibilidad  entre los desencantados el auténtico mensaje de Cristo. Un mensaje que limpie con claridad la cizaña del trigo. Pero se encuentran solos, aislados y desilusionados, impotentes y atrapados  en una absoluta desesperanza que les lleva a la depresión, a la angustia de verse sin aquello que ha sido el leitmotiv de sus vidas.  Han perdido la fe, único instrumento que nos puede salvar y dar fuerzas para continuar en nuestro apostolado.

Siento pena y rabia. Pena porque intuyo el sufrimiento de estos sacerdotes y rabia porque veo como la jerarquía no responde como debiera. Hace falta un teléfono, aunque también un plan estratégico para que los sacerdotes buenos, aquellos que siguen con fe, puedan sentirse apoyados por una red de sacerdotes y seglares que alimenten la esperanza a través del ejemplo. Que su fortaleza  de motivación, ilusión y coherencia a sus vidas. Cristo está allí entre ellos, pero deben superar la ceguera de la calamidad social, para encontrar  y seguir  con fuerza renovada el mensaje del evangelio.

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