Educar a nuestros hijos en valores en la postmodernidad, aunque ¿qué valores?

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El niño postmoderno: consumo y frivolidad

Educar a nuestros hijos en valores, aunque ¿qué valores?

La postmodernidad trae consigo una crisis profunda en los contenidos académicos y familiares sobre la educación en valores

La razón, sostén del conocimiento y de las verdades que promulgaba,  está en crisis irreversible. Hasta los años 50, la sociedad se desenvolvía bajo el imperativo categórico de unos valores considerados universales y estables que proporcionaban sentido a la vida. Kant era el referente incuestionable. Hemos pasado, independientemente de que se sea cristiano o ateo, del “prójimo como a ti mismo” al como “solo tú mismo”. Ya no existen verdades compartidas y generalizables, ahora está mi vedad. Una verdad inestable, cambiante, como la autobiografía que puedo construir a partir de ella. Hemos pasado del relato homogeneizante, a infinidad de relatos con idéntico valor axiológico cada uno de ellos. Ha nacido el superhombre, aunque este se mueva en la miseria espiritual. Hemos abierto la puerta a Nietzsche, a Foucault y a Marcuse y se la hemos enterrado a Descartes y a  Kant..

¿Cómo han “trasmutado” los valores?

  • Ya no resultan válidas las referencias a las creencias precisas y universales, sean religiosas o ideológicas. Ahora todo es difuso y relativo. La razón pierde fuerza en favor de la emoción, de los sentimientos individuales. Lo válido es lo que me dicta el corazón.

    una cosa es la tolerancia, siempre que me toleren, y otra bien distinta el no comprender que el ser humano y las diversas sociedades necesitan hacer frente al incremento de entropía que supone la aceptación de cosmovisiones que las ponen en crisis y en un estado de incertidumbre

  • La ética como referente de convivencia social y autorregulación de los ciudadanos ya no existe. Ahora lo importante es el pragmatismo, la “moral” en base a resultados y consecuencias.
  • Los logros a través del esfuerzo pierde relevancia a favor del placer. Lo importante para el individuo postmoderno es la satisfacción del cuerpo, de los instintos. El alma, así como cualquier significado transcendente del ser humano desaparece. Solo nos diferenciamos de otros animales por la especie a la que pertenecemos y por nuestra capacidad de autoconciencia.
  • Los roles se han difuminado, están cada vez más diluidos: padres/hijos; profesores/alumnos; hombres/mujeres etc, todo cada vez más próximo. Este aspecto deja a nuestros hijos e hijas sin referentes, sin modelos sobre los que construir la propia personalidad. Los referentes de autoridad se pierden. Yo soy mi propio referente, yo decido sobre el bien y el mal, incluso, sobre mi propia vida y sobre  la de los demás siempre que se me permita socialmente: eutanasia, suicidio asistido, aborto sin plazos, infanticidio, la eugenesia, etc.
  • Hemos pasado de una visión sociogénica del hombre, a otra absolutamente individualista. El otro es significativo en tanto que satisface mis propios deseos y contribuya positivamente a mi relato vital.
  • Solo es importante el presente, por lo que toma primacía la satisfacción, el consumo, el hedonismo. No hay compromiso, solo un contrato fluido con aquellos que me identifico y compartimos valores de forma ocasional, porque nada es permanente ni transcendente. En la medida que vivimos en sociedad, no es de extrañar que los distintos grupos identitarios intenten ser lo más hegemónicos posible con rasgos totalitarios para mantener su singularidad a costa de otras diversidades. Por ello, hoy, ante la ausencia de verdades universales, estamos sometidos a lo políticamente correcto.

Esta ética, sin contenido, fluida y profundamente auto-determinante y egoísta, convive socialmente con otras radicalmente diferentes: la solidaridad, convive con la insolidaridad, la tolerancia con el totalitarismo, la misericordia con la indiferencia, la promiscuidad con la abstinencia, la pobreza con el despilfarro, el machismo con el hembrismo, etc.

¿Cómo educar en la  postmodernidad?

  1. Al gran dilema con el que nos enfrentamos los padres y los educadores, no es otro que la gran atomización de los valores, así como su relativismo y “licuidad” frente a la necesidad de educar en valores a nuestros hijos  lo suficientemente consistentes como para que sirvan de soporte a su proyecto vital. Frente a la cotidianidad del hombre postmoderno, los padres soñamos con unos hijos con proyectos de futuro; frente a unos hijos centrados en el consumo y el hedonismo, los padres soñamos con unos hijos con el suficiente autocontrol de las emociones y de los instintos primarios como para conseguir enfrentarse con resiliencia a los embates y frustraciones de la vida.
  2. Frente a la relatividad de los valores, necesitamos dotar a nuestros hijos de la capacidad suficiente para que sepan distinguir y valorar críticamente la ideas que intentan imponer otros colectivos. Necesitamos hacerlos hegemónicos en sí mismos, autónomos en su toma de decisiones, frente al caos de la sociedad postmoderna.
  3. La postmodernidad genera serias contradicciones que fomentan el neuroticismo social e individual. Uno de ellos es la predicación de la tolerancia frente a la diversidad, cuando cada una de ellas, intentan imponernos de forma autoritaria su singular visión del mundo. Se habla del diálogo interreligioso, de la diversidad cultural, de la diversidad entre individuos, aunque, por otro lado, observamos como los grupos, y los propios estados, se cierran en sí mismos para no verse contaminados por otras cosmovisiones. Así tenemos, como China, las culturas precolombinas, el mundo árabe, los colectivos lGTBI, los colectivos religiosos, el propio occidente con su predicamento favorable a la postmodernidad, se hermetizan para no ser contaminados por corrientes de pensamiento que los podrían cuestionar. Tanto el diálogo intercultural, como el interreligioso, según mi opinión, no es más que el resultado de un “buenismo” de personas y colectivos sin identidad o soñadores ignorantes de la condición humana. Porque, una cosa es la tolerancia, siempre que me toleren, y otra bien distinta el no comprender que el ser humano y las diversas sociedades necesitan hacer frente al incremento de entropía que supone la aceptación de cosmovisiones que las ponen en crisis y en un estado de incertidumbre.
  4. Por ello, como padres, debemos educar en valores que nosotros consideremos benefician a nuestros hijos e hijas, independientemente de lo políticamente correcto y procurar que se desenvuelvan socialmente en ambientes que compartan los mismos valores. Todo lo demás es generarles problemas adaptativos y crisis existenciales.

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ACERCA DE JOAQUIN DIAZ ATIENZA

Licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la U. de Granada Psiquiatra por la U. Pierre et Marie Curie - Paris; Psiquiatra Infanto-juvenil por la U. Pierre et Marie Curie - Paris; Master en Bioética; Master en Psicobiología y Neurociencia Cognitiva; Psicoterapeuta

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